Reflexión espiritual semanal

Tomando el pulso a nuestro sacerdocio...

Cada semana abordamos un tema que nos ayude a reflexionar en alguna faceta de nuestra condición sacerdotal, bien se trate de una virtud, de un aspecto de la vida espiritual o de nuestro trabajo apostólico.

Cada reflexión va acompañada de un cuestionario que, a modo de examen práctico, busca ayudarnos a analizar y profundizar en el tema propuesto.

Para esta semana, del 7 al 13 de mayo de 2012 proponemos:

FIDELIDAD A LA FE DE LA IGLESIA Y PASIÓN POR LA CAUSA DE CRISTO

Examen práctico sacerdotes

FIDELIDAD A LA FE DE LA IGLESIA Y PASIÓN POR LA CAUSA DE CRISTO

Muchos hombres que se dicen querer en la esperanza afirman, sin embargo, su desilusión ante el fracaso del cristianismo, que no ha logrado remozar la sociedad; fracaso que, naturalmente, achacan a la Iglesia institucional, aliada con el poder, la ambición, la riqueza y el bienestar. Por ello rompen con las estructuras eclesiales visibles y se arrojan en brazos de una acción febril, horizontal y como única esperanza de liberación y realización del Evangelio.

No emitamos ningún juicio sobre la malicia o ingenuidad estas posturas, pero no nos dejemos impresionar: las más de las veces son gestos farisaicos de quienes, por un lado, se rasgan las vestiduras ante la pretendida traición de la Iglesia católica al espíritu del Evangelio y, por otro, desgarran de modo violento y desconsiderado la túnica inconsútil de la unidad del cuerpo místico de Cristo, provocando divisiones, resentimientos, rencores, amarguras, desobediencia, rebeldías, enfriamiento de la fe, de la esperanza y de la calidad teologales, y siendo en verdad piedra de escándalo para sus hermanos más débiles. Es el orgullo monstruoso, enmascarado de sinceridad, autenticidad, libertad de espíritu, amor a la verdad, servicio al prójimo, etc.

En fechas recientes el Papa ha denunciado precisamente a un grupo de sacerdotes que, en esta pretendida ayuda a la Iglesia, han propuesto la desobediencia a la jerarquía eclesiástica como el modo de renovar la Iglesia misma.

No es el espíritu del Evangelio lo que verdaderamente los nueve, sino el servilismo a una ideología que ha desterrado del corazón todo vestigio de espiritualidad sacerdotal. Son los sacerdotes del magisterio paralelo que atacan a la Iglesia erigiéndose ellos mismos en puntos de referencia infalibles.

La caridad de Cristo nos exige otro modo de actuar. ¡Qué misterio tan grande, tan hondo, tan fecundo, tan actual en la verdadera caridad de Cristo! ¡Qué solicitud tan sincera provoca para atender al hermano, qué delicadeza tan exquisita para evitarle tropiezos que puedan lastimar su fe! Caridad que nos lleva a purificarnos interiormente del orgullo, la vanidad e hipocresía, ya convertirnos en humildad, sacrificio y silencio, antes de emprender una acción enérgica en servicio de los más necesitados, para no desvirtuar nuestra acción en demagogia, exhibicionismo e instrumentalización egoísta. Se ha dicho que hoy la concupiscencia de las candilejas es más seductora que la de la carne. ¡Cuántos sacrifican a ella su fidelidad a Cristo, su cristianismo, su vida sacerdotal!

Nos ha tocado vivir tiempos difíciles, en los que es fácil sucumbir, aún sin darse cuenta; tiempos en que el Espíritu Santo actúa más intensamente que nunca, si cabe hablar de este modo humano, para iluminar, apoyar, fortalecer, dar eficacia, arrojo y valentía a cuantos quieren ser apasionadamente fieles a Cristo nuestro Señor;  tiempos hermosos, no de tranquilidad, sino de riesgo y lucha, en que las 24 horas de cada jornada nos permiten dar testimonio de Cristo ante la faz del mundo; tiempos como en los inicios del cristianismo, en los que creer en Jesús acarreaba la proscripción pública, pero en que era hermoso reunirse con los hermanos para la fracción del PAN, renovando el ágape fraterno, sintiéndose pocos, como rebaño de Cristo, para ser inmensamente felices en el subsuelo de Roma contándose mutuamente los lentos, pero incontenibles avances de la levadura cristiana en medio de la masa pagana, y animándose a perseverar en el testimonio de unión y caridad, argumento máximo para el proselitismo cristiano. Tiempos que exigen fortaleza en la vivencia de la fe, ya no prácticas formalistas, creencias tradicionales, como las vivencias ambientales, sino fe personalizada, abrazada por convicción y voluntad, más que por sentimientos; fe que se vive contra corriente y en solitario; fe recia y heroica.

Fe que es antorcha en la oscuridad del mundo, grano de mostaza que va creciendo poco a poco y beneficia tantos hombres, fuerza instrumento de todas las victorias frente al mundo; fe que alegra nuestra juventud e imprime a nuestra vida un rumbo noble y ambicioso, una polarización hacia lo absoluto, que nos permite rescatar hasta las más insignificantes migajas de nuestra pobre vida para la eternidad inmarcesible.

Esta fe en Cristo resucitado, es la piedra maestra de todas nuestras certezas como nos lo dice San Pablo en el capítulo 15 de la primera carta los Corintios. Cuando en esta vida hay debilidades, cobardías, temores, pusilanimidades, insinceridades, pecados, ¿no será porque nuestra fe en Cristo resucitado se ofusca por momentos y, a veces, por temporadas?

Ojalá comprendamos la fuerza revolucionaria y transformante de la fe en Cristo resucitado. Quizá el ejemplo más claro sea el de aquel judío fogoso, nacido en tarso, de secta farisaica, perseguidor de cristianos que, por misteriosa y conmovedora dignación de Cristo que le salió al encuentro camino de damasco, llegó a esta simple persuasión: Jesús de Nazaret resucitó de entre los muertos y vive actualmente en sus miembros.

Una sola verdad, vista con sobrenatural evidencia en el encuentro, hace saltar todas sus piezas certezas religiosas, su mentalidad, su mundo cultural, sus resortes fanáticos, su horizonte mezquino, y provoca una revolución o mejor, causa una refundición de su personalidad -conservando, no obstante, sus más íntimas peculiaridades-. Nace el hombre nuevo, el apóstol convencido de por vida de la causa de Cristo, el gigante de la misión, que está dispuesto a morir antes de traicionar en lo más leve a su Señor, que arrostra persecuciones de enemigos, azotes, apedreamientos, naufragios, enfermedades, fatigas, achaques, incomprensiones e insidias de falsos hermanos y, finalmente el martirio, por causa de Cristo resucitado, cuyo apóstol y servidor se proclama con Santo orgullo.

Pablo es sólo un paradigma de lo que cada sacerdote debería llegar a ser: alguien que, en virtud de la fe en Cristo resucitado, se deja refundir, remodelar por el Espíritu Santo y se convierte en el apóstol convencido de la causa de Cristo.

Examen práctico sobre la fortaleza

  1. ¿Soy consciente de que la fortaleza es la virtud que asegura la firmeza en las dificultades y la constancia en la búsqueda del bien? ¿Valoro su importancia en mi vida sacerdotal?
  2. ¿Creo que la fortaleza es un don que el Espíritu Santo concede diariamente a mi alma para vivir y perseverar en la fidelidad? ¿Recibo ese don con alegría y agradecimiento? ¿Da frutos en la vivencia diaria de mis deberes religiosos y de mi entrega a la instauración del Reino de Cristo?
  3. ¿Es el Señor mi Roca, mi baluarte y mi fortaleza? Fuerte con la fuerza de Dios, ¿me siento seguro y sin temor alguno en mi seguimiento de Cristo como sacerdote?
  4. El ejemplo de Jesucristo ¿me infunde fortaleza para afrontar los problemas, las crisis, las tentaciones, las mismas caídas? ¿Admiro y siento deseo de imitar la fortaleza inquebrantable de Cristo en toda su vida, especialmente en su pasión? En los momentos de dolor, ¿hago de Cristo mi fuerza y mi fortaleza?
  5. El amor de Jesucristo, ¿me infunde luz y fortaleza en mi entrega diaria? ¿Pido a Jesucristo que, por su amor, me conceda fortaleza interior creciente y perseverante? Con esta fuerza que Cristo me otorga, ¿estoy dispuesto incluso al heroísmo en la vivencia de mi vocación y de mi labor apostólica?
  6. El amor apasionado a Jesucristo, ¿me ayuda a sobrellevar con fortaleza, de modo gozoso y constante, las renuncias y sacrificios que acompañan necesariamente la conquista de mi ideal sacerdotal? ¿Puedo decir, como San Pablo, nada me separará del amor de Cristo?
  7. ¿Estoy convencido de que Dios puede convertir en fortaleza mi debilidad si yo le dejo actuar, y por eso me confío a Él? Como san Pablo, ¿cuando me siento desfallecer es cuando más fuerte soy? ¿Me presto generosamente para que Dios manifieste su fortaleza en mí?
  8. ¿Me atrae y busco imitar la fortaleza heroica de María santísima en toda su vida, y especialmente al pie de la cruz? ¿Medito en la fortaleza espiritual de María basada en una fe y amor inquebrantable? Al invocarla como Madre Dolorosa, ¿me infunde fuerzas su fortaleza?
  9. ¿Concibo que,como sacerdote, he de ser hombre de gran fortaleza de espíritu, de reciedumbre de carácter, de vigor y firmeza de voluntad, de audacia para emprender y llevar a cabo grandes obras, de bravura en la lucha por mi santificación y por el Reino de Cristo?
  10. ¿Soy fuerte en la entrega de mi vida a Cristo y a mis hermanos en la realidad de la vida ordinaria? ¿Me siento necesitado de mucha fortaleza sobre todo en los momentos de lucha? ¿También para volver a empezar, después de una caída?
  11. ¿Estoy convencido de que necesito una especial fortaleza para cumplir con perseverancia la voluntad santísima de Dios en el martirio de la vida cotidiana? ¿Para erradicar de mi alma todo aquello que me impida realizar el plan de Dios sobre mi vida?
  12. ¿Trabajo con gran fortaleza de espíritu para encauzar mis pasiones por el derrotero de Cristo y enderezar debidamente las desviaciones de mi temperamento? ¿Soy constante en este duro trabajo?
  13. ¿Soy fuerte rechazando con decisión y agilidad todas las asechanzas del demonio? ¿Me ayuda la fortaleza de espíritu a superar más fácilmente las dificultades de la vida diaria? ¿a no sucumbir ante crisis o ante pruebas desconocidas e inesperadas? ¿Me siento fuerte con la fuerza que Dios me da?
  14. ¿Manifiesto mi fortaleza de modo particular ante los sufrimientos físicos y morales? ¿Sé sobrellevar con fortaleza de alma las penas propias y las de mis seres queridos? La fortaleza, ¿me lleva incluso a la aceptación gozosa y amorosa de tales sufrimientos y penas?
  15. ¿Esta aceptación gozosa y amorosa del sufrimiento me ha hecho más maduro y comprensivo con los otros, más humano? ¿Veo que el esquivar el sufrimiento me hace duro y egoísta?
  16. ¿Busco en la Eucaristía, pan de los fuertes, la fuente de mi fortaleza espiritual: fortaleza en la fe viva, operante y luminosa, en la esperanza gozosa e inquebrantable, y en la caridad ardiente y generosa? La recepción de la carne que engendra vírgenes y mártires, ¿supera la fortaleza que me puede proporcionar cualquier medio humano?
  17. ¿Encuentro en la oración y en la vida interior la fuerza necesaria para el cumplimiento perfecto de obligaciones? ¿Soy por ello hombre de oración y de profunda vida interior?
  18. ¿Sé que en la cruz está la fortaleza y el vigor del alma? ¿Fortalezco mi alma con la contemplación de Cristo Crucificado? ¿Me abrazo con amor y reciedumbre de espíritu a las cruces que Dios permite?
  19. ¿Miro hacia el futuro sostenido por la fuerza de Dios, iluminado por los ejemplos de fortaleza de Cristo y de María? ¿Tengo la certeza de que Dios me dará siempre su fortaleza?
  20. ¿Qué propósitos voy a hacer para acrecentar mi fortaleza de espíritu? ¿En qué campos voy a ejercitarla? ¿Qué medios voy a utilizar para conseguirlo?