Reflexión espiritual

Vida interior y misión sacerdotal

Cada semana abordamos un tema que nos ayude a reflexionar en alguna faceta de nuestra condición sacerdotal, bien se trate de una virtud, de un aspecto de la vida espiritual o de nuestro trabajo apostólico.

Cada reflexión va acompañada de un cuestionario que, a modo de examen práctico, busca ayudarnos a analizar y profundizar en el tema propuesto.

Examen práctico sacerdotes

“La gratitud. No quejarnos ”


Agradezcamos siempre cualquier gesto y favor recibido, por más simple que sea. Fomentan-do el hábito de la gratitud el alma se expande y no piensa que todo se le debe. Agradecer a Dios al inicio del día, agradecer el don de su santa compañía, agradecer la Eucaristía cele-brada. Agradecer es un buen antídoto para evitar el arrutinarse.

La gratitud es una virtud bella, pero no muy abundante en nuestro mundo. De aquellos 10 leprosos curados por Jesús, dice el Evangelio que “Solo uno volvió a Jesús y se postró a sus pies dándole gracias”. Nueve a uno: desde luego que no indica la proporción matemática de personas desagradecidas en el mundo, sino muestra que la gratitud es una virtud rara entre los hombres, como esas flores exóticas que sólo crecen en las zonas alpinas de las montañas.

Todos los días recibimos favores, ayudas, buenos ejemplos, servicios variados, mas no siempre estamos atentos para reconocerlos y agradecer. Es verdad que Dios no necesita que le demos las gracias, pero nosotros sí necesitamos aprender a ser agradecidos para dilatar el alma, crecer en la virtud, no dar por supuestos los dones que recibimos y tener la justa pro-porción de las cosas. Vivir en la verdad, puesto que la humildad es la verdad sobre nosotros y nuestra condición de viandantes por el tiempo.

Fomentar la gratitud ayuda mucho a crecer en la vida interior y en al amor al prójimo. Sea-mos agradecidos con Dios y con los demás. No dejemos que se forme una costra en el cora-zón a base de recibir y no valorarlo. Sepamos reconocer todo gesto positivo, beneficio o favor de que somos objeto, y no dejemos pasar la oportunidad de manifestarlo: basta decir ¡gracias! Ve que en realidad nada es tuyo ni se te debe: todo lo recibes de las manos gene-rosas de Dios. Comenzando con la vida, la salud, los alimentos; un día luminoso o lluvioso, el frío o el calor, un buen ejemplo a mi alrededor, la lectura edificante, un alma que vuelve a la gracia por el sacramento...

Agradecer es reconocer lo que somos: creaturas, deudores indigentes y que necesitamos mutuo apoyo unos de otros en el presbiterio, en la familia. Cuánto podemos crecer inte-riormente si cultivamos esta hermosa virtud. Un consejo: no quejarnos. Quejarme es demos-trar que el Yo ocupa todavía demasiado espacio en mis pensamientos, y no Cristo y su Reino. Es síntoma de que nos tomamos demasiado en serio a nosotros mismos. Quejarse de todo distrae mucho el progreso del alma hacia Dios. Es también táctica sutil del demonio para crear división interior y distraernos de lo que importa, Cristo y su Reino.

P. Luis Alfonso Orozco, LC

Examen práctico : lo hacemos reflexionando en el texto que se propone a continuación

  • Las quejas no tienen sentido si consideramos todos los bienes de que disponemos a diario para nuestra santificación y apostolado. ¿Me quejo más de lo que agradezco?
  • ¿Valoro las gracias tan abundantes de Dios: la Misa, su presencia sacramental, recibir tantos buenos ejemplos, una buena lectura…?
  • ¿Soy agradecido con Dios y con las personas?, ¿Valoro los detalles y muestras de generosi-dad en los demás? Si me quejo demasiado, ¿no será que vivo muy centrado en mis cosas?

 

 

P. Luis Alfonso Orozco, LC